lunes, 4 de diciembre de 2017

Teodoro Yangali: "Cuando uno termina la competencia, es incontenible... a veces uno derrama lágrimas; es algarabía completa"




Caminos del Inca es la prueba más ruda de nuestras pistas, una carrera de largo aliento que recorre terrenos de todo tipo, desde zonas  asfaltadas rápidas hasta trochas de tierra trabadas con curvas; subidas a la cordillera y retorno al litoral en pocas horas, obstáculos imprevistos como el ganado o la falta de señal. Por ese motivo muchos la describen como  si fuese 20 carreras en una.

Las ventajas que se manejan en las distintas etapas, no aseguran el éxito a ningún piloto. Los obstáculos y los incidentes inesperados los puedes encontrar en cualquier momento y más si es una carrera tan larga y costosa tanto para el piloto, copiloto y para su auto.
Para el equipo dentro del auto, el reto es tremendo. Los diferentes tipos de pistas y climas que se presentan dificultan mantener la energía estable. Los cambios de altura, temperatura, presión y terreno son parte fundamental de la prueba. Por este motivo los pilotos afirman que lo más difícil  de Caminos del Inca es mantener el ritmo. Requiere un gran esfuerzo tanto para el timón como al copiloto la habilidad de la tranquilidad y realizar un excelente trabajo ya que son los “ojos” del piloto.

Este rally no solo pone a prueba a los pilotos sino también a los vehículos. Sus rutas pavimentadas o de tierra presentan obstáculos y sorpresas. Durante los caminos los motores pasan  largas horas exigidos a máxima velocidad. Las probabilidades de tener problemas mecánicos o incluso de romper motor son muy altas.

En un país tan grande y diverso como el Perú, una carrera de autos es capaz de paralizar a los pueblos y convocar a miles de personas en la ruta.


Si hay algo que se le puede comparar al rally Caminos del Inca es vivirlo, desde la partida de los autos hasta que culmina la competencia, miles de personas  acompañan la ruta en todas sus etapas y enlaces con características distintas en cada tramo.

Las primeras etapas en el pasado y los superprimes de la actualidad tienen algo en común: alrededor de los autos se vive la competencia y los fanáticos se trasladan hasta el lugar donde se da el primer banderazo, justo antes de iniciar para comentar entre ellos a sus favoritos. Los exteriores de las maquinas y las estrategias de los equipos.

Es hermoso percibir las enormes olas de gente, familias y amigos que se dan el tiempo de levantarse temprano para esperar el desfile de autos que solo pasan una vez al año y solo unos segundos, siendo para ellos un hermoso espectáculo. Es por eso que se comentaba que los municipios de cada ciudad tienen mucho que ver con esta fiesta. Se conversa para que las rutas se generen en espacios alternos a los pueblos o sitios aledaños.

Desde muy temprano si la carrera no pasa por sus tierras, los fanáticos salen a buscar sitios abiertos para no perderse el espectáculo. “Los provincianos tenemos familiares y amigos que nos esperan en las etapas, y eso le da otra mística, otras ganas de seguir peleando por ganar” dice el huancaíno Edgardo “Cachete” Arimborgo.

Cuando los autos van llegando, los espectadores tiran flores y animan a los punteros. Si algún carro para a arreglar algún incidente mecánico, los fanáticos se acercan a saludar e, incluso algunos pilotos reciben platillos típicos de la zona para la ruta o hasta costales de papas, que se entregan a nombre del pueblo.

Los colegios dejan como tarea a los niños ir a ver las carreras y apuntar en sus cuadernos los autos que llegan primero a los pueblos, los números en las puertas y los nombres de los pilotos además de dibujos de los competidores. La emoción se transforma cuando un piloto nacido en alguna comunidad del camino aparece en el grupo de avanzada. Quedan para el recuerdo las historias de aquellos animadores que bajaban de sus coches para abrazar a su gente entre risas y lagrimas. Es hermoso ver que un piloto los represente es por eso que el interés es insuperable.

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